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Don Melquiades Sánchez Orozco, la Voz de un Gigante

Por: saguilera
05/11/2018 | 11:51:55

El Estadio Azteca y su historia inagotable no se entenderían sin la persona que le dio identidad, que con su voz le acompañó en centenas de anécdotas y hazañas. Hoy, la familia del futbol mexicano despide con melancolía, gratitud´, admiración y respeto a Don Melquiades Sánchez Orozco, una extraordinaria persona, un gran profesional, una auténtica leyenda de la locución y de nuestro balompié. Don Melquiades fue, es y será: la inolvidable voz de un gigante.

En mayo de 2016, Don Melquiades Sánchez Orozco nos abrió las puertas de su imponente casa, del gigante al que, con maestría, por más de cinco décadas, le otorgó su inolvidable voz. Rememoramos, a continuación, la entrevista que, en aquella visita, en el marco del 50 Aniversario del Estadio Azteca, Don Melquiades otorgó a la LIGA Bancomer MX y que fue publicada en el Anuario de la Temporada 2015-2016.


Don Melquiades Sánchez Orozco, la Voz de un Gigante

Lo miras de lejos y el pulso se acelera. Su estructura —que lo hace parecer un gigante— es majestuosa; no es sólo un homenaje a la arquitectura, sino un reconocimiento a la pasión. Es el recinto de las ansias, de las emociones, de las glorias y también de las penas. Lo que representa es infinito. Estar en él, recorrer sus pasillos, subir sus rampas, asimilar cuán grande es, mirar el verde de su cancha, pensar en los centenares de historias que guarda celosamente, es una experiencia que todos deberían vivir.

El estadio Azteca es el templo del futbol, el lugar en el que la vida es mejor y el tiempo corre de otra manera. Pero si has estado en él, seguramente tu atención se ha fijado en ese eco, en ese sonido que retumba entre sus paredes y que te hace parecer incrédulo por pensar que ese gigante dueño de tus emociones tiene voz. Y no es ninguna locura. Es así, Don Melquiades Sánchez Orozco, originario de Tepic, Nayarit, es la voz oficial del famoso Coloso de Santa Úrsula, que este 2016 celebra 50 años de existencia, 50 años de ser la casa de todos.

Don Melquiades, vistiendo su clásico sombrero, con amabilidad y buen humor, nos recibió en el que prácticamente es su hogar. Lo recorre con soltura y confianza; el estadio y él son buenos amigos. Nos cuenta que llegar a ser la voz del Azteca fue de alguna manera accidental: “He sostenido que soy un hombre de suerte. Originalmente nací pintor porque mi padre lo fue; sin embargo, en la escuela se me facilitaban las ciencias y comencé a ser aficionado a los aparatos eléctricos. Algún día que contemplaba un sistema de transmisión en una estación de radio de mi natal Tepic, me llamaron circunstancialmente para hacer un casting. Yo no tenía nada que ver con la prueba, pero la hice; les gustó mi voz y me presenté a trabajar al siguiente día como locutor. Fue avanzando mi carrera, compartida entre la pintura y la locución. Primero llegué a Guadalajara y después a la Ciudad de México, en 1956. En 1958 llegué, también sin buscarlo, a la XEW y después, con la construcción del estadio Azteca, en los años 60, me relacioné mucho con la gente de futbol del Distrito Federal porque compartíamos oficinas.

Finalmente, rumbo a la inauguración del estadio, en 1966, Don Emilio Azcárraga buscaba a un locutor y el Sr. Pastrana, mi jefe directo, me mandó a mí. Y aquí estoy, plantado desde dos semanas después de inaugurado el estadio Azteca.”

Don Melquiades lo ha visto prácticamente todo, sus experiencias son inagotables. Sin embargo, recuerda con algunas risas su “novatada” como voz del coloso: “Mi primera equivocación, mi bautizo, mi primera quemada. Jugaba el Atlante y con ellos Evaristo, un argentino muy apreciado aquí. Yo anunciaba el número y el nombre nada más. Resulta que en el segundo tiempo meten un gol y yo digo: ‘gol anotado por Evaristo, número 7’; y todos me vieron con mirada de cuchillo. Me gritaban con sentido figurado que dejara la botella porque Evaristo ya no había salido al segundo tiempo, se había quedado en las regaderas.”

Con un semblante más serio nos cuenta: “Desde luego que uno destaca los grandes conciertos, la visita del Papa, la Copa Confederaciones. Para la Copa del Mundo de 1970 ensayamos casi seis meses la inauguración y muy poco la premiación, en ella tuve que improvisar porque los jugadores no tomaron el trofeo inmediatamente y me sentí con la responsabilidad de no guardar silencio; repasé a cada uno de los futbolistas de aquella batalla, de aquella hazaña entre Brasil e Italia.”

A sus casi 90 años de edad, Don Melquiades Sánchez dice que su memoria no es suficiente para la cantidad de datos que maneja por partido, pero le guarda un lugar especial al gol de Manuel Negrete en el Mundial de 1986, porque cumplía 20 años como el locutor oficial del estadio Azteca:

“Desde luego recuerdo los goles de las finales, los del Partido del Siglo, aquellos tiempos extra sensacionales, el gol de Miguel Marín con la mano. No están con precisión, son pensamientos medio abstractos, pero siguen ahí; no se olvidan. Ahora tengo que asesorarme con las memorias ajenas.”

Escuchando su voz y mirando a la vez lo imponente del estadio Azteca, es muy difícil no pensar en que la persona que tenemos enfrente y la histórica construcción no son uno mismo. Sobre ello, nos dice: “Se agradece desde luego que el público aprecie las cosas desde ese punto de vista, pero pienso que a las personas nos encasillan en una época y en un lugar. Es cierto que ya vendrán otras voces más temprano que tarde. Soy producto del inconsciente colectivo que, con un aparador tan grande como este, enaltecen tu figura; es simplemente mi trabajo. Voy acumulando el sentimiento de la gente. Es satisfactorio cubrir esa necesidad de todos. En ese sentido, ser la voz del estadio Azteca es

un privilegio”.


Mirando a las tribunas, Don Melquiades nos asegura: “El estadio Azteca me da vida a mí, no al revés. Un día le dije al dueño: ‘Mira Emilio, cuando paso por aquí siento que las piedras me hablan, me abren los brazos’. Uno siente una energía curiosa. Es una gran satisfacción prestar la voz para dar información. Les digo a mis amigos que la verdadera voz del Azteca no soy yo, es la afición. Esa sí es voz.”


Rumbo al término de la plática, que es un homenaje a Don Melquiades Sánchez Orozco y al medio siglo del estadio Azteca, nos confiesa que su labor le ha permitido tener 50 años felices: “Mucho, he sido feliz durante todo este tiempo. Me ha tocado vivir cosas distintas, hasta las emociones de la gente van cambiando; la historia la hacen ellos. Cuando me preguntan algo sobre la vida, siempre digo que es como cuando un pintor se acerca a su caballete y tiene una tela en blanco; de él depende dejarla así o hacer una verdadera obra de arte, así es la vida y así son los trabajos. Así el público va haciendo historia sobre cualquier cuadro y me incluye en ella, me volvieron personaje central y se agradece”.


Después de que Don Melquiades se dio tiempo de atender amablemente a la petición de fotos de aficionados japoneses en un día de visita guiada, para concluir le preguntamos ¿qué diría el estadio Azteca a sus aficionados después de 50 años de historia? Respondió: “Pienso que diría, gracias a todos por haberme enaltecido, gracias por haberme aceptado durante 50 años como su asiento para desahogar emociones, por prestarme sus ilusiones y desilusiones, sus alegrías y sus tristezas. Gracias por todo”. No hacía falta decir mucho más.


El sol aquella tarde de entrevista fue más intenso que de costumbre; salió a saludar a los dos buenos amigos, Don Melquiades y su coloso de aniversario. Después de agradecerle su disposición para esta charla, el histórico locutor nos dijo adiós sonriendo y con su voz inigualable, subió a sus familiares al auto y tomó camino a su segunda casa, porque sin temor a equivocarnos, la primera es su querido estadio Azteca.



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